Pardillo de mí. Me acerqué a la música industrial y salí escaldado. Ingenuo, yo que con mis guitarras estaba tan pancho, quise ver qué se cocía en los fogones patrios del género. Qué cosas he visto. Tanto tanto ruido. He indagado lo justo, por cuenta y riesgo, en el grupo español Esplendor Geométrico, insigne banda que nació en los 80 y sigue publicando discos.

Me atraen estos tipos misteriosos de los que no hay que fiarse, a juzgar por la estética sombría y esos martilleantes ritmos himnos de la irascibilidad. Flipo al pensar que esa gente tiene su público y me encantan que ellos sigan a lo suyo, facturando música en el anonimato y más allá de modas o vaivenes históricos, con total libertad y sin ser prisioneros de las melodías. Pero, a la vez, el grupo me fascina, me intriga sobremanera, algo así como sucedía con El Columpio Asesino, cuando no le ponía rostro a esas canciones oscuras y ariscas, asfixiantes por momentos.

Pero con Esplendor Geométrico la música es decididamente insoportable, algo que escapa a mi esquema más o menos convencional del sonido; y no vale decir que son ritmos para disfrutar estando de fiesta, porque creo yo que ni con un potaje de ketamina te acomodas a unas canciones que te ponen de los nervios. Ni lo critico ni lo alabo. Simplemente, constato su existencia, tan digna como hacer música con lavadoras, ollas o juguetes, tendencia en alza.

Enrique Bunbury usó bisagras en una canción de ‘Flamingos’. Andy Chango (perdón por volverlo a nombrar; le haré un post pronto) usa en su primer disco un robot Emilio en varios cortes. Antonio Arias (líder de Lagartija Nick) ha grabado parte de su disco ‘Multiverso’ (qué ganas de hincarle el diente) en el observatorio de Calar Alto, por aquello de darle una sonoridad especial a los instrumentos, así que no nos rasguemos las vestiduras. Un amigo dice, medio en broma medio en serio, que le encuentra swing al estruendo nocturno del camión de la basura. Le faltaba levantarse de la cama y bailar.

No sé quién dijo que a la gente realmente importante no se le conoce, porque habitan en la sombra y no ponen la cara. Me identifico un poco con eso y lo aplico con estos músicos, que están muy reconocidos en todo el mundo y llenan salas en cualquier sitio. Los dos miembros de Esplendor Geométrico (antes eran tres, que formaron Aviador Dro y los obreros especializados, pero uno se convirtió al Islam y dejó la música) trabajan con traje y corbata en sendas multinacionales de Roma y Pekín y hacen música separados por mogollón de miles de kilómetros. Sólo se juntan para los conciertos y esa impersonalidad, ese fabricar discos como una cadena de montaje, despachando secuencias hipnóticas, me seduce en la forma porque es una propuesta agria. “No pensar”, le llaman ellos.

Portada de 'Necrosis en la poya'

También hay voces, letras atormentadas que son cadáveres exquisitos. A mí, en un flujo de la conciencia mientras escucho ‘Necrosis en la poya’, me salen estas palabras: turbio, malestar, desconocido. También podría decir, más conscientemente, enfermedad, refinería o Vandellós II. ¿Os acordáis de Metal Hammer? Aquello era más paródico que otra cosa pero esto es rugosidad pura, arritmia, reminiscencias stalinistas, fealdad, amalgama de ruidos, la industria de la música. El enigma pulula por la extensa discografía, plagada de títulos tan agradables como ‘Destrozaron sus ovarios’, ‘El acero del partido’ o ‘Negros hambrientos’. No estoy bien. No estoy tranquilo. Quién me mandaría a mí salirme del fox-trot.

Disculpas por el título sensacionalista y la portada del disco. Al menos, no he puesto ningún enlace de youtube. Que el Robot Emilio os alegre el día.

raúl